lunes, 5 de mayo de 2014

Tal como dice Liliana Bodoc, la literatura infantil puede ser vista como un arte, y así también la juvenil. Pero al ser un arte, nos obliga a sentirla, más que cuestionarla. Por muchos años, la literatura infantil fue vista como un fin formador, utilizada como un mecanismo que posibilita la educación de los niños, pero al considerarla discurso artístico, la misma autora nos asegura que no puede existir ventaja del contenido sobre la forma.
La literatura es un medio de transporte hacia lugares inimaginables, ya que cuenta con la particularidad de llevarnos a estados desconocidos, gracias a su forma de ser. Y es así como lo siento al recordar unas metáforas leídas, en que se aborda la literatura infantil viéndola como un refugio o una ventana. Por un lado, nos abre visiones diferentes del mundo, mostrándonos cual ventana, una realidad desconocida. Pero, por otro lado, es un refugio, que nos puede llevar a conectarnos con nuestros más íntimos sentimientos, culpas o miedos.
Aún, al leer literatura infantil, me siento transportada a otros lugares, y tal como lo mencioné en la anterior entrada, imaginar que soy Alicia en el país del conejo blanco, y me doy cuenta de que es por algo muy poderoso que la transmisión oral se mantuvo a lo largo de la historia, por la capacidad de llevar a quien las escucha a viajar por mundos desconocidos.
En un punto se asemeja lo dicho por Bodoc y lo que sugiere Joel Franz Rosell, que no es la temática lo que diferencia a la literatura infantil del resto, sino que es el tratamiento. Como dice Bodoc, no se debe correr el riesgo de centrarnos en el qué se cuenta, olvidándonos del cómo. Quizás son historias simples, que al leerlas un adulto sin intención de disfrute, o sin dejarse llevar por la forma, resultarían aburridas y hasta absurdas, pero es mucho más que eso, son historias que han sido creadas para soñar, sin cumplir con cánones exigidos, rigurosos, que persiguen un fin absoluto.
Es por todo esto, que ser mediador es una gran responsabilidad, ya que es necesario haber viajado por aquellos mundos lejanos para poder guiar a un pequeño que no acostumbra hacerlo. O aún si nos enfrentamos a niños lectores, es preciso tener la capacidad de entregarse a la aventura para poder funcionar en el mismo código con el pequeño lector. Un mediador, debe ser una persona que sepa llegar al lector, que logre conquistarlo y así poder mostrarle la maravilla que significa leer. Como dice Bodoc, existe la literatura y los textos sin valor estético, y es preciso que el mediador logre reconocer una buena lectura, que sea significativa para el niño, y no resulte una experiencia sin trascendencia.
Los niños buscan algo, están en constante búsqueda de nuevas sensaciones, descubren el mundo a diario, y resulta interesante que esta búsqueda sea acompañada de este arte literario.
Como menciona Rosell, la literatura infantil no está compuesta por un rasgo que solo debe percibir el niño que la lee, o cualquier persona que la lea, sino que debe ser compartida con el autor, si no es así, la literatura podría ser un simple traspaso de experiencias escritas en papel. Personalmente, interpreto esto como que una persona que escribe literatura infantil, debe tener su cuota de niñez, aunque sea un anciano de 80 años, pero no puede ser una persona ajena a la fantasía que genera la literatura infantil, pues, este tipo de literatura explica la realidad de una forma muy especial y única... y es capaz de ejercitarnos las emociones y la capacidad de imaginar.

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